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A LA GLORIA INCRUENTA DE LA PATRIA

Desde el momento en que, arrancando un grito de dolor a toda la sociedad colombiana y enlutando para siempre el apenas iniciado templo del Arte entre nosotros, se supo en esta capital la prematura muerte de JOSÉ MARÍA PONCE DE LEÓN, una de las primeras glorias de América y de nuestra raza en el culto del arte divino de la música, e incuestionable la primera de Colombia, la dirección del PAPEL PERIODICO ILUSTRADO formó el propósito de consagrar un número a su memoria, pagando una deuda no sólo de amigos al amigo, y de patriotas a la patria, sino también de hombres civilizados a la honra e intereses de la civilización.

Pero mientras se trataba de recoger y ordenar los manuscritos del ilustre finado para imprimir de entre ellos algunas muestras de su ingenio, y mientras nos ocupábamos en revisar colecciones de periódicos de años atrás y en solicitar documentos para completar nuestros recuerdos, y particularmente, en preparar el retrato que en primer lugar debía aparecer en las páginas del tributo proyectado, cayó gravemente enfermo el amigo PONCE llamado antes que otro ninguno a ayudarnos en su realización, el señor D. Rafael Pombo, quien desde que conoció al genio lírico colombiano se constituyó en socio y estimulador de sus esfuerzos, promulgador de sus méritos e infatigable registrador crítico de sus triunfos, medio de la prensa, para levantar a su auditorio a nivel competente en su apreciación ilustrada y justa.  Hoy, felizmente salvado, pero convaleciente apenas de su dolencia, ha llenado ya Pombo esta nueva parte de la noble misión que se impuso en beneficio de la gloria del compositor y del fenómeno del Arte, y a él debemos la mayoría de la importante serie de artículos que presentamos en este número a nuestros lectores, piedras de un monumento histórico y aún doctrinal de la cultura colombiana y americana.

No ha sido nuestra idea, desde luego, la limitada y mezquina de dar a los lectores un rato de solaz con una publicación interesante.  Nuestra aspiración y nuestra esperanza, al presentar de un golpe tan irrefragables testimonios del talento y la consagración de un malogrado compatriota, son las de que la tierra que tuvo la dicha de producirlo cumpla su deber de salvar de pérdida tantos preciosos trabajos; que libre a PONCE DE LEÓN de la doble muerte que deben a nuestra incuria otros insignes colombianos; que su nombre y sus obras atraviesen las montañas y los mares, y que su patria y su desolada familia recojan la herencia de gloria y de beneficio a que tienen derecho.

Promover en Colombia generoso de orgullo por JOSÉ MARÍA PONCE DE LEÓN, despertar interés por sus obras fuera de Colombia, y presentar permanentemente a la vista de nuestra inteligente juventud el estimulo de su ejemplo, tales son nuestras miras.  Toca al noble espíritu y al corazón de los que no lean, el llevarías a su merecido alcance para perpetua gloria no sólo colombiana sino del genio castellano en ambos mundos.  Ojala recibamos el retorno de la benevolencia y de fraternal simpatía.

A las once de la noche del 21 de Septiembre murió súbitamente en esta ciudad el señor D. JOSÉ MARÍA PONCE DE LEÓN, el más inspirado y poderoso genio que nuestro país ha producido en la más universal de las artes, la de Palestrina y Mozart.  Pérdida verdaderamente sin reemplazo.

Nacido el 16 de febrero de 1845, de familia respetable, lo inició un humilde artesano, Saturdino Russí, en la lectura de la nota musical, y después aprendió algo de piano con el señor D. Crisóstomo Osorio.  Casi un niño, sin haber visto ópera ni zarzuela, hizo ensayos chispeantes de inspiración, serios y bufos, hasta que logró dar en un reducido teatro con grande aplauso su opereta bufa Un alcalde a la antigua y dos primos a la moderna, sobre la comedia así llamada de D. José María Samper.  Enviado por su padre a París en 1867, entró a aquel ilustre Conservatorio de la manera más gloriosa, triunfando, en concurso abierto para un Himno a la Paz, sobre ochenta compositores, que no eran, como él, discípulos de un pobre carpintero, ni recién llegados de un país por conquistar en materia de gusto y de alta composición lírica.  Cortados sus estudios por la guerra franco-prusiana, tuvo que volver a Bogotá en Septiembre de 1871, pero dejando en poder de su maestro, Mr. Chauvet, un trabajo que él apreció, su opera bufa Los Diez, y ejecutada en una iglesia de París (la de la Trinidad), a 18 voces, una Salve suya, que sus mismos maestros hicieron estudiar y cantar como muy notable muestra de un genio precoz.

Muchos de nuestros lectores han gozado de la parte pública de sus posteriores trabajos.  Su linda zarzuela seria, El Castillo Misterioso; su deliciosa ópera sagrada Ester, en tres actos; su ópera mayor Florinda, en donde, a juicio de peritos en el arte, hay inspiración, hay música original y expresiva para dos o tres grandes dramas líricos.  Oímos todos los días, en las bandas militares y en los pianos, los frutos menores de su inagotable vena, piezas ligeras de todos los géneros, siempre expresivas, y de rica y científica instrumentación, y transcripciones, o arreglos de óperas y obras serias, en que, con banda militar, producía hasta donde es dable el colorido y los efectos de una sagrada orquesta.  A la Exposición de Santiago de Chile envió su Himno de los Andes, saludo de Colombia a Chile, que mereció uno de los más altos premios.   En 1881 fue premiada en Bogotá, en concurso abierto, su primorosa y sabia Sinfonía sobre temas colombianos, y en otro concurso, para un Himno nacional, suyos eran también tres de los más aplaudidos, de los pocos que se ejecutaron sin dar el nombre de los autores.  Deben conservarse, de sus ensayos juveniles, el final de Un Embozado de Córdoba  y las zarzuelas Un Alcalde a la antigua y El Vizconde; y las hechas en Bogotá en los últimos años, El Alma en un hilo, Levantar muertos, La mujer de Putifar, El Zuavo. etc., que no logró oír, por ser raras ocasiones que nuestro teatro ofrece a un compositor.  Consérvanse también las tres extensas obras arriba nombradas, la cantata La Voz humana, varias Misas, de gloria y de réquiem, una de ellas (que recordamos), magistral y profunda, desde las admirables lecciones que la preceden.  Quedan asimismo otros Himnos, centenares de piezas de danza y de retreta y concierto, inclusive Sinfonías de alto estudio y originalidad.  Su última obra, su tributo para el Centenario del Libertador, es un acto completo, el primero de un drama-apoteosis á Bolívar; acto cuyo asunto es El juramento del Monte Sacro.  Este trabajo lo dejó contento, y esperamos que, debidamente sacado del manuscrito, cumpla su destino, con el necesario auxilio de inteligencia profesional y de recursos para hacer justicia á la inspiración del autor.

La vena lírica de Ponce estaba pronta á cualquiera hora para brotar.  Una tarde de Diciembre de 1881 nuestro amigo D. Antonio Espina lo invitó á entrar al local Pesebre ó Nacimiento y le enseño la letra de una opereta ó farsa lírica.  Ponce le preguntó con que instrumentos contaba, le pidió lápiz y papel, sentose a escribir, y a las nueve de esa misma noche se ejecutó á música y voces con travesura, con melodías originales que entusiasmaron al auditorio.

Jamás estuvo á suficiente altura para apreciar a Ponce de León de el que creyese que él imitase ó necesitase de imitar á nadie: miserables invenciones de la envidia y la raquítica impotencia.  Lo que más había en él era movimiento espontáneo y sujeto propio, que ejercitaba y expandía en una especie de escuela ecléctica de composición: ya ligera é incisiva como la francesa; ya tierna y fluida como la italiana; ya, como la indígena, primitiva y melancólica; ya, en fin, literal y profundamente dramática como la alemana, siendo muestra de éste género el valiente tercer acto de Florinda, digno de Meyerbeer, y la grandiosa marcha y coral del acto último.

Honrábase en pertenecer á la Academia de Bellas Artes de Caracas y á la Asociación de Maestros de París, en la cual era respetuoso colega de Gounod y de Ambrosio Thomas.  Ellos podían valuarlo mejor que sus inocentes conciudadanos.  De su apariencia física queda una perfecta imagen, obsequio de su tierno amigo y admirador D. Felipe S. Gutiérrez, célebre pintor y maestro académico, -poco más apreciado que Ponce de León, por el común pecado de su modestia y de ser nuestro, de nuestra lengua y corazón.

Triste, afanada, y perpetuamente combatida por la emulación de su gremio y por el desconocimiento de sus compatriotas, fue la vida del malogrado artista.  Toda la protección, todo el apoyo que recibió de nuestros gobiernos fue darse éstos la cruel complacencia de tener de jefe de una banda militar al que cualquier país culto en artes habría tenido á honra trasladar á sus expensas á los centros de la civilización, y estimularlo, costearlo (como el Emperador de Brasil á Carlos Gomes) hasta inscribir su nombre en el mundo entero en la lista de los inmortales.  Su inspiración era siempre original y volcánica, su facilidad y fuerza para el trabajo, potentosas; y, sin duda alguna, el que contra viento y marea hizo tales maravillas en Bogotá, habría llegado á competir en el antiguo mundo con los mayores astros del cielo artístico, que hoy frecuentemente revelan en Europa agotamiento, frivolidad y mucho abuso de ruido y espectáculo, con grave menoscabo del arte verdadero y puro.

Hiciéronse ayer en San Carlos, con la colaboración espontánea y gratuita del gremio musical, las exequias del insigne Maestro; y numerosa concurrencia, no llamada con esquela de invitación, acompaño sus restos á la última morada, haciéndole la Guardia Colombiana los debidos honores de Jefe, y ejecutando las bandas composiciones suyas, de desgarradora expresión en tan triste día.  Escuchándolas, observamos con nuestra emoción, que los ejecutantes lloraban, incesantemente, mezclado á la vibración de sus notas el tierno riego de sus lágrimas.  Llegados á la cruz del campo-santo, de allí dirigieron la palabra al auditorio, y al que fue, los señores D. José María Samper, D. Alberto Urdaneta, D. Manuel Briceño y, antes que ellos, el que esto escribe, quien, para otra ocasión, tratará de recordar aquel destemplado pero sincero desahogo de un amargo é inconsolable dolor.

Por el suyo, imagina cuál será el de la desventura familia, el de esa anciana madre, el de la esposa, modelo de todas virtudes, el de esos dos tiernos niños cuando comprendan lo que han perdido.  Nuestro desgarrado corazón está con ellos.

¡Oh sí siquiera esta vez la patria de José María Ponce de León le pagare algo de lo mucho que le debe, salvando del naufragio sus obras, honrándose en honrar así su memoria, y en cubrir, con amor, con orgullo, aquel hogar desamparado!

Funerales de Ponce de León

La dirección del Papel Periódico Ilustrado solicitó prontamente a los señores Pombo, Samper y Briceño la redacción de los discursos que, sin notas ni preparación, dirigieron al cortejo fúnebre del ilustre finado una vez detenido su carro mortuorio frente de la cruz del atrio ó plazoleta del cementerio.  Como obra de la emoción del momento y de la exigencia de los amigos que los llamaron a expresar lo que todos sentíamos, su reproducción, que va en seguida, no será literal, pero sí si reconocerán allí sus pensamientos. Añadimos el breve tributo que en representación  de dos corporaciones y por encargo suyo nos tocó rendir a la memoria del malogrado colega.

El señor D. Rafael Pombo dijo:

             Señores:

«Una vez más, y ojala sea la postrera,» subo a este consagrado sitio de los últimos adioses; más hoy no esperéis de mí ni lágrimas, ni lamentos, ni palabras de resignación y consuelo.  Reclamo vuestra indulgencia, y antes que la vuestra la del Dios de la misericordia, para quien no cabe disimulo, si en vez de ayes lanzo voces de desesperación, y maldiciones contra la perversa tierra, madre estúpida y feroz, que siempre escoge y señala a sus más bellos, a sus más tiernos y amorosos hijos, para maltratarlos y devorarlos lentamente, con la mano del hielo del desdén, con el agudo y cobarde diente de la envidia, con el pie infamante del escarnio y del abandono; madre demente, que no vuelve en sí ni los reconoce por hijos suyos sino cuando la muerte más piadosa que ella, se los arranca de los brazos ya desfigurados e inertes.  Lanzo maldiciones, sí, contra estas afrentosas galeras de las almas excelsas, de los magnos corazones, condenados a remar sin descanso, sin un pan de verdadera vida, y sin otra sonrisa de esperaza que la del naufragio que tarde que temprano ha de emanciparlos forzosamente de sus cómitres implacables.  Y al par dirijo también sinceras y ardientes bendiciones al Padre común, al infalible juez y compensador de las injusticias y ruindades humanas, porque nos deparó lo que por mal nombre llamamos muerte, cuando sólo es muerte para la iniquidad; y para la virtud y el genio, redención.  Y bendigámoslo fervorosamente porque, por el sagrado ministerio del genio y de la virtud, al través del lente de lo infinito que esos dos divinos mediadores suelen poner delante de nuestros débiles ojos, nos permite de tiempo en tiempo, a los humildes profanos, entrever algunas reverberaciones de luz en medio de las tinieblas que nos abisman, algunos reflejos de aguas deliciosas para la sed que nos consume; y respirar, siquiera por momento, aire de vida para resistir, como los buzos, un nuevo descenso a la sofocante hondura que se nos asigno por pasajera morada.  ¡Feliz de ti, querido amigo mío, que ya cambiaste la cruz por la palma, el ansia por la posesión, el sueño por la realidad, tú que mal pudiste jamás conceder honores de realidad a esta niebla terrena, a este vapor de inmundicia que nos obstruye la vista de la heredad celeste, a esta fantasmagoría de sombras efímeras que tanto se agitan y se empinan en rebatiña de vanidades insensatas! ¡Feliz de ti que ya vuelas y te espacias en el éter genial de tus alas, y amas en la atmósfera de tu amor, y cantas en región de eterna armonía, y trabajas en donde se te paga a la medida de tu angélica tarea! ¡Feliz de ti, que si Dios alguna vez te permite volver una mirada a la tierra, no deberás encontrar en ella desde este día sino el tierno remordimiento de tu madrastra y la generosa venganza de tu gloria!

Desde Caldas hasta José Eusebio Caro, y desde Caro hasta José María Ponce de León, ¿cuántas veces no hemos repetido, y cuántas más repetiremos en el futuro, esta desgarradora historia de poseer lo que no hemos merecido, de llorar lo que fue nuestro y no supimos gozar, de amar demasiado tarde a quienes más amor debíamos, de desconocer torpemente a los dioses que se dignan visitarnos, de no reconocer méritos sublimes sino una vez inscritos en lápidas sepulcrales; de no enorgullecernos, en fin, sino de glorias póstumas, que, más bien que nuestro orgullo y nuestra gloria, son ya de nuestra humillación y vergüenza?  Y es tristísimo pero de justicia el confesar que no se percibe tendencia alguna de mejora en tan ingrata condición.  El nivel de la vil materia sube a ojos vistas, el del espíritu baja, los sanos vínculos sociales aflojan, el sórdido egoísmo impera, las pasiones generosas van cayendo en desuso si no en ridículo, y al paso que el medro individual guía y domina, el social se eclipsa, y el carácter, la fuerza y vida moral de la nación se desangran y mueren, como desaparecen la amistad, la prudencia, la cortesía, la moral y toda consideración decente en una mesa de desenfrenado juego.  Es misión de las bellas artes, coadjutoras laicas de la religión y de la moral, cooperar activamente a la regeneración de un pueblo; pero la dolorosa historia del extraordinario joven cuyo tránsito deploramos, dice bien claro, en cada uno de sus capítulos, que es lo que las artes y los verdaderos artistas pueden prometerse entre nosotros de espíritu dominante.  Triunfo para la intrigante nulidad, fraude para el gusto, ruina para el obrero de inspiración y conciencia.

He aquí, señores por qué no son lamentos los que exhalo al acompañar al sepulcro a uno de mis más queridos, de mis más preciados amigos.  Desde nueve años ha, desde que lo conocí, Ponce de León ha estado creando vida divina, y sin embargo muriendo, agonizando, y yo luchando por salvarlo y acompañándolo con orgullo a penar y morir.  Puede decirse que su genio, al brotar aquí nació muerto, como una luz, como una magnifica flor dentro de una cueva melifica.  Sus victorias alcanzadas en nuestro teatro, nos alentaban mucho, por algunos días, a sus amigos; pero cada una de ellas no tardó en convertirse en un sarcasmo, cada vez más cruel, de su fortuna y del alto apoyo a que se le proclamaba acreedor.  Ahora que se ha consuado su sacrificio, ahora es cuando yo no consiento en considerarlo muerto, sino redimido de un suplicio constante, y emigrado a la única patria que lo merecía.  Sé que una parte vital de mi mismo, la expresión seráfica de mi alma, la mejor voz de mi propio corazón, queda sepultada, desaparece con él; pero la vida que aquí me reste no valdrá la pena de vivirse, y sinceramente querría acompañarlo entero, a disfrutar de la infinita realidad de la vida en cuya fe me confirmaban los rayos esplendorosos que él arrebataba al cielo en sus creaciones.

Por esto lo que yo contemplo en el ataúd de Ponce de León, ni es su cadáver, sino el cadáver de esta sociedad desesperitualizada, de esta sociedad sin corazón ni alma, que tan tristemente lo ha dejado vivir y morir, y que hoy parece llorarlo, mañana ignorara hasta la gloria de que el la ha instituido heredera.  Ni será digna de esa gloria, ni la apreciara debidamente sino cuando ella no ha regenerado por completo en la fuente del Espíritu, que es a un tiempo la de la Verdad y la de la Belleza: tres fuerzas de orden eterno, ante las cuales toda fuerza material es nula y que unidas constituyen la más prestigiosa e indestructible fuerza nacional.

Ruega, oh Ponce de León, ruega al Autor de las sublimes armonías del cielo y tierra, que raye pronto ese hermoso día en el horizonte de tu patria; pues tanto la amaste, que por ella vertiste a torrentes, en salones y batallas, tu inspiración y tu sangre, vuelve entonces a nuestras ciudades y campos, que ella entonces sabrá recibirte con las celestes armonías que tú mismo transcribiste en tus visiones de inspirado, y que por ahora dormirán bajo la almohada de tu lecho postrímero.

Entre tanto, vive, que harto tiempo moriste y canta entre tus hermanos los ángeles, el himno de tu enmacipación.

El señor José María Samper dijo:

            Señores:

El súbito fallecimiento de José María Ponce de León contiene una amarga coincidencia y una enseñanza dolorosa.  Nuestra sociedad es presa de las más ardientes y enconadas pasiones: la intolerancia, los odios de partido y las más violentas emociones se disputan el alma de los colombianos; y cuando nuestra sociedad sufre entre dolores, hijos de la pasión enloquecida, reina en todas partes el genio de la discordia, súbitamente nos abandona el genio de la armonía, y se remonta al cielo, en solicitud de la belleza eterna, cual si quisiera hacernos comprender que en la tierra donde germinan el odio y el rencor no pueden aclimatarse esas sinfonías y melodías que son la inefable expresión de la esperanza y el amor.

Ah! vedle ahí, mártir del genio, descansando de la terrible lucha de la vida en manos de la muerte! Sí; lucha terrible de todos los instantes... Yo no la he sentido en mí mismo, porque Dios no me hizo genio; pero la he adivinado, sondeando en los libros el misterio de esas existencias luminosas, desgarradas por inmensos dolores, y atormentadas por divinas esperanzas que jamás se realizan en la tierra!

Oh! Vivir sintiendo las profundas palpitaciones del corazón lleno de sagrado fuego y sediento de belleza y de luz; vivir en lo insaciable del anhelo, y lo inagotable de la esperanza, y lo incesante del sacrificio y del esfuerzo! Vivir con el alma en el cielo, hundida en los infinitos horizontes del ideal, y a cada momento sentirse con los pies asentados sobre el polvo vil, sentir las mordeduras del hombre, y la melancolía del desengaño, y el rumor de la algazara que levantan en torno la envidia, la maledicencia y el mezquino interés! Vivir con el espíritu inundado de los divinos resplandores de un mundo invisible de sin par grandeza, y a cada instante sentir delante de los ojos llorosos pasar la sombra fúnebre de la miseria que nos amenaza... Vivir contemplando dente del alma y en las misteriosas profundidades de o ideal toda la suma de belleza posible; y siempre despertar de este ensueño... Eso; ese eterno luchar entre lo grande y lo pequeño; ese perpetué desequilibrio entre la grandeza que se sueña y la mezquindad de lo que se alcanza... eso, señores, es vivir vida de genio!

Imaginad, pues, si la vida de Ponce no habrá sido amarga, cruel y de incesante ansiedad, como lucha de inspirado artista, abrumado por la pobreza y la esperanza en la gloria; valerosa, vehemente y angustiada, como toda lucha; silenciosamente sublime y grande, como es siempre el infortunio humilde!

Si yo, como admirador y amante del genio, no me sintiera obligado a tributar un homenaje a Ponce de León, a nuestro gran compositor y artista, debería tributárselo por gratitud.  El hizo reflejar una chispa de su talento encantador y poderoso sobre mi oscura musa; su primera ópera fue destinada a honrar una de mis obras dramáticas, y así le debo el honor de haber lanzado algo de su luminosa inspiración sobre mi oscuridad de poeta!

Ponce de León ha vivido la vida del genio, de las celestiales melodías.  Dichoso él, puesto que al morir para el mundo ha ido a encontrar en el seno de Dios la realidad de sus divinos ensueños de supremo amor, de inefable encanto y de infinita belleza!

Ahora su existencia queda dividida en tres partes: su polvo, su alma y su nombre.

Allí, dentro de ese recinto de las eternas despedidas, está la tumba, a la sombra de los cipreses y de los sauces, que aguarda su polvo perecedero para memoria de los dolores del cuerpo.

Allá.... en lo infinito, en lo eterno está Dios, que le ha recibido en el seno de su misericordia; está Dios, el amparo de los desventurados; Dios, la luz de toda oscuridad; Dios, el que alivia nuestro dolor con la esperanza, y colma nuestra esperanza con amo; Dios, que es todo para todos, y cuya gloria se extingue y olvida el infortunio!

Si el polvo es para el sepulcro y el alma para Dios, ¿qué nos queda a nosotros? Nos quedara su nombre! Nosotros, que somos la posteridad, que dicernismos la gloria, debemos exclamar:

¡Paso al genio para que suba el capitolio de la historia y en él su nombre para siempre!

El señor Manuel Briceño dijo:

Musas de las divinas Artes, plegad las alas sobre este féretro que encierra los despojos mortales de un genio caído en agras en este hondo abismo de la tumba.

Patria, tanto más querida cuanto más desgraciada, riega con lágrimas y flores este sepulcro donde se hunde el que estaba llamado a darte días de gloria con sus divinas inspiraciones, y a inmortalizar los nombres de tus guerreros en ese idioma que no cambia con los tiempos ni se envejece con los años.  Tú eres la divinidad de Ponce, y las coronas que alcanzó su genio fueron grata ofrenda que él llevó a tus altares.

Lágrimas y flores cubran esta tumba, morada del cuerpo que vuelve a la tierra, y ellas simbolicen el aprecio que hacíamos del genio y de la belleza del alma del artista que goza de las inconcebibles armonías de la eternidad; lágrimas y flores atestigüen que si el hombre desapareció de entre nosotros, su recuerdo vive en nuestra memoria.

Ya se apagó la enemiga emulación, ya desapareció la indiferencia, esas dos crueles espinas en su vida de artista. El hombre de Ponce de León se levantas radiante a la puerta del mundo de los inmortales.  Paso al genio que crece con la muerte, paso al artista que vivirá en sus obras.

El señor Urdaneta dijo:

             Señores:

En nombre de la Sociedad Filantrópica de Bogotá, y en nombre de la Sociedad Politécnica de Colombia, vengo a presentar el tributo de dolor y la muestra de la tribulación que experimentan los miembros de aquellas Sociedades por la muerte del malogrado genio que en el breve paso por la tierra, llevó el nombre de José María Ponce de León y cuyos restos mortales conducimos a la última morada, presa nuestra de la aflicción más profunda.

Ponce fue  sol en la constelación artística de la América, y las Artes visten luto por su desaparición, al tiempo mismo que coronan su nombre al consagrarlo respetuosas en el glorioso sitio a donde ellas y su genio le han conducido.

 

Fuente:  Papel Periódico Ilustrado de Bogotá (Año II: marzo de 1883) 

 

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Historia de la Música en Colombia.  Dir.
Dr. Luis Carlos Rodríguez Álvarez - Universidad Nacional de Colombia 
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